martes, 11 de diciembre de 2007

Una carga al atardecer

Un elefante es una cosa muy grande. Eso lo sabemos todos. También sabemos que es mejor no incomodarle ni estorbar su casi siempre plácida marcha. Suele pasear lentamente, cerca de los caminos, mientras ramonea medio dormido, lanzando de vez en cuando algún resoplido o esparciendo nubes de arena sobre su inmensa cabezota. El fin de semana pasada viajé con unos amigos al vecino reino de Swazilandia. La carretera que une la frontera de Lomahasha con la capital, Mbabane, atraviesa, justamente por el medio del parque natural de Nhlane. Sin necesidad de pagar entrada alguna, el viajero puede ver pasear, a su lado, a cualquiera de los cinco grandes. Al entrar en la zona de parque, un cartel avisa a peatones y ciclistas que deben tener precaución con los leones y los elefantes que cruzan la vía.
Al atardecer, cuando regresábamos a Mozambique, al lado izquierdo de nuestra marcha, vimos muchos animales: ñus, impalas y macacos. Pero también vimos grandes piezas. Un enorme elefante macho junto con un rinoceronte y su cría estaban muy cerca de la carretera que a esa altura aparecía protegida por una cerca de espino. Así que decidimos detener el coche y acercarnos ligeramente para tomar algunas fotografías, animados por la belleza del atardecer en la sabana.Me acerqué lentamente en dirección al elefante y estuve un buen rato haciéndole fotografías. Mis amigos, que venían ligeramente detrás, también se acercaron. En un momento determinado, dejé de mirar hacia el elefante y me dispuse a fotografiar a los rinocerontes. Algunos instantes después, por pura casualidad, volví la vista en dirección al primero y ví con espanto indescriptible que venía corriendo hacia mí.
Un elefante a la carga es una mole de cinco toneladas, con las orejas desplegadas como antenas de radar, que corre a 40 kilómetros por hora y que piafa y resopla como una caldera infernal. Es como si se te viniera encima un tren de mercancías. Pese a la cerca de alambre que, como es de imaginar, no servía absolutamente para nada, la única solución era correr. Y eso que dicen que lo correcto es quedarse inmóvil, pero a ver quién era el guapo que mantiene el tipo en aquéllas circunstancias. Salimos los tres echando chispas en dirección al coche mientras veíamos, con el rabillo del ojo, que el elefante se detenía.
Quizá se espantó por los colores de nuestras ropas, por algún ruido o por un movimiento brusco. No es bueno que te vea de frente o que piense que le cortas la retirada. En cualquier caso, no repetiremos la experiencia. Entre la apacible estampa del elefante que pace y aquélla inmensa bestia a la carga, hay un paso y muy poca capacidad de reacción.

Informe Pericial

El mundo de la obra y la chapuza, en Mozambique, adquiere proporciones cosmogónicas. Una de dos, o funciona todo muy bien y soy yo el que tiene muy mala suerte o la formación profesional de lo técnicos deja bastante que desear.
Mi fontanero, ése que viene cada quince días, mira los crecientes desperfectos de la casa, asiente como diciendo que ya lo tiene todo dominado y desaparece hasta la siguiente consulta, hizo mutis definitivo en lo tocante al flotador del depósito del inodoro. Resulta que la rosca que lo unía al mecanismo de cierre del agua –algo bastante más sencillo que, pongamos, el pilotaje de un carro de bueyes- estaba pasada. Bueno, pues este simple y hasta comprensible hecho, sólo le daba, al fontanero, para forzar la rosca aún más hasta que, naturalmente, se cayó del todo. A mí me parecía que la cosa se solucionaba con un nuevo flotador que tuviera la rosca en su sitio pero el experto canalizador se hacía lenguas sobre lo dificilísimo que era todo aquello añadiendo que, al parecer, alguien de rango superior, probablemente ministerial, debía autorizar tamaña operación de rescate.
Mientras tanto, el depósito estaba paralizado ante el peligro de que, a falta de grifo, el agua cayera sin control e inundara el baño y terrenos circundantes como, efectivamente, había ocurrido un infausto día del que prefiero no acordarme. Afortundamente, como la mancha de humedad misteriosa -a la que ya denomino oficialmente Caras de Bélmez Dos ante la imposibilidad de averiguar su origen- ya ocupa una parte considerable del techo del salón, el refuerzo procurado por el problemilla del depósito apenas se nota y queda confundido y/o asimilado dentro de aquella.
Ante la tántrica actitud del fontanero, decidí tomar el toro por los cuernos y entrar en un almacén de fontanería, curiosísimo lugar lleno de antiguos sabores y reminiscencias. Allí, en la vorágine de peticiones, pagos y consultas, me hice con una boya nueva por el desorbitante precio de 2 euros, boya que coloqué en, exactamente, 13 segundos y que consiguió el milagro de resucitar el otrora ingobernable mecanismo del depósito.
Así las cosas y a estas alturas, no consigo entender por qué mi fiel canalizador no hizo lo propio el primer día; ¿por dinero? ¿por falta de tiempo? ¿por insuficiencia de conocimientos técnicos?. La respuesta no parece ser ninguna de las anteriores y sin embargo, los días pasaban sin solución. Se admiten apuestas.
La segunda aventura reciente se refiere a los trabajos del pedreiro o albañil que, a petición mía durante el invierno pasado, colocó unos ganchos en el techo de los que colgar las redes mosquiteras. También le costó lo suyo, hay que reconocerlo, pero un día aparecieron en su sitio así que me dí por satisfecho.
No había yo instalado las redes hasta ahora, pese a contar con el equipo necesario y los artilugios de los que colgarlas, pero el verano está a las puertas, llueve como si el cielo estuviera a punto de caérsenos encima y los mosquitos comienzan a inundar Maputo como si fueran una plaga mosaica, de modo que la noche pasada me decidí a la instalación.
Como no tengo escalera, la maniobra resultó un tanto arriesgada, sirviéndome al efecto de la cabecera de madera de las camas que, visto su estado general, tampoco era de mucho fiar. El caso es que, al llegar a la primera argollita, no hube apenas pasado la cinta de la red por ella, cuando se descolgó todo el sistema con infernal fragor, dándome un susto de muerte que a pique estuvo de hacerme caer de la precaria situación en la que me encontraba, encaramado a la cabecera de la cama, estirado con los brazos en alto y con la mitad de los pies fuera como si fuera una gallina en su palo. Repuesto del susto, indagué las causas del desastre y confeccioné el siguiente informe pericial:

a) El pedreiro había realizado un agujero en el techo con, probablemente, una broca del 20.
b) El susodicho operario, sólo disponía de tacos del 6
c) En lugar de buscar un taco adecuado al descomunal boquete que había hecho con riesgo para la estabilidad del forjado, decidió hacer un leve apaño
d) El apaño consistió en rellenar el hueco con papel de periódico y luego introducir el taco con la argolla que, como es evidente, quedó malamente fijada porque el papel, ni siquiera el de los rústicos periódicos locales, no sustituye con fortuna al cemento.
e) Así sujeto el ingenio, lo pintó todo por encima con un color distinto del original del techo aunque más o menos, de manera que todo quedase bien homogeneizado.
f) Como era de prever para cualquiera, salvo para el perpetrador del infame remiendo, el gancho soportó el peso de la red durante dos segundos, al cabo de los cuales se rindió y cayó con el lógico y aparatoso estruendo.

Ahora tengo que buscar un taco del tamaño adecuado, colocarlo en un techo de 3 metros de altura sin escalera y mandar un mensaje insultante al ingenioso pero fatídico albañil el cual, por cierto, realizó otras muchas obras en casa de cuya consistencia estoy empezando a dudar y que me tienen un poco asustado. Quizá el día que conecte el aire acondicionado del salón el aparato salga expulsado como un bólido o se hunda el techo de la cocina cuando cierre fuerte la puerta de la despensa; quizá cuando aumente la humedad ambiental se me inunden los armarios de los baños o hagan imposible cerrar las ventanas, o puede, finalmente, que aquel curioso bultito que se ve en la pared del vestíbulo y que yo pensaba lijar cualquier día de estos, sea la clave de bóveda que derrumbe todo el edificio si alguien lo toca.
O tempora, O mores!

jueves, 29 de noviembre de 2007

Visita Real

El Aga Khan ha visitado Maputo. La cosa no parece tener mucho interés para un mortal común, pero vaya si la ha tenido. Su Alteza Real, líder espiritual de la comunidad ismaelitas, fue invitado por el Presidente de Mozambique a pasar cuatro días en el país, en el que tiene grandes intereses económicos y gestiona importantes proyectos de cooperación. Además, la visita se enmarcaba (como dicen los periodistas) en una serie de viajes de cumplido que Su Alteza está haciendo con motivo de su Golden Jubilee o Bodas de Oro como Imam de la Comunidad Islámica Ismaelita. Uno, en su ignorancia, pensaba que el Aga Khan era una especie de príncipe de cuento que, de vez en cuando, salía en las páginas del papel couché pero resulta que no, que los ismaelitas son una comunidad multiétnica de la rama chií del Islam, -concretamente la segunda en importancia después de los Twelvers- en número de fieles difícil de calcular pero que va, según autores, de los 15 a los 30 millones de personas y que tiene en Pakistán uno de sus principales asentamientos. El Aga Khan, conocido por los ismaelitas como Mawlana Hazar Imam, es el 49 Imam hereditario que desciende del Profeta y su importancia y prestigio en el mundo islámico es extraordinaria. Como da la casualidad de que la comunidad indiana de Mozambique es, mayoritariamente, de origen pakistaní, héte aquí que la visita del Aga Khan se ha convertido en un acontecimiento de relevancia trascendental que nos ha traído de cabeza, especialmente a los que, como yo, estábamos a la luna de Valencia.
El magno acontecimiento ha coincidido con un aluvión de visitas, alguna de trabajo y, otras, de queridos amigos. El caso es que todas tuvieron que alojarse en mi casa porque Su Alteza Real y su interminable séquito habían ocupado, literalmente, todos los hoteles de Maputo excepto las pensiones de mala muerte que, sin que haga falta echarle mucha imaginación, aquí son dignas de tal nombre. Total, que de manera apresurada, hube de acomodar a todos como pude teniendo en cuenta que mi casa, con todo el espacio y maravilla que contiene, no es precisamente un mundo de confort. No ando sobrado de mobiliario, el menaje llega a duras penas y la ropa de casa es un bien escaso, así que nos apretamos como pudimos y compartimos lo que había, dando todos mis huéspedes muestras de paciencia infinita e impagable bonhomía. Gracias a ellos.
Para colmo, la semana en que hemos coincidido todos, ha hecho un calor horroroso, una humedad pegajosa hasta la náusea y ha coincidido con la eclosión general de los mosquitos residentes en Maputo que se habían debido reventar poniendo huevecillos durante el invierno. O eso, o se celebraba la convención universal de trompeteros porque no había yo visto tal cantidad de insectos en mi vida. Las salamanquesas engordaban por momentos a la luz de los portones.
Naturalmente, hemos sido víctimas de mil y una picadas aunque, afortunadamente, parece que sin consecuencias.
Durante las tórridas y casi insomnes noches, averigüé que ya amanece a las cuatro y cuarto de la mañana, que la habitación donde me tocó dormir carece de cristal en una de las ventanas, que al guarda de noche le gusta escuchar ritmos latinos hasta las tres de la madrugada y que no hay manera de hacer callar al simpático pájaro nocturno que vive en el Cocotero de mi jardín cuyo metálico e incansable tink-tink llega hasta el amanecer.
¡Felices noches de verano!

martes, 27 de noviembre de 2007

Delicioso Biltong

Una de las sorpresas culinarias de África del Sur o, por lo menos, de las más sabrosas, es el biltong. Se trata de una manera de preparar la carne que recuerda mucho a la cecina española. En nuestra patria no hay ya mucha tradición –aunque en otros tiempos abundaba- y apenas se encuentra normalmente en otros lugares que no sea el norte de la provincia de León y, aun así, con poca variedad. Cuando yo era niño se producía y consumía cecina de cabra, de chivo, de oveja, de équido (me temo que burro) y, naturalmente, de vaca. Hoy, sólo esta última está normalizada y ha dejado de fabricarse en casa, que es como yo la recuerdo. En las montañas de León, junto con el jamón, los chorizos y demás embutidos de la zona, no faltaba la pierna casera de cecina.
Pues bien, en Sudáfrica, la de la cecina, o biltong, es una industria floreciente que ofrece variedades asombrosas que van, desde la tradicional de vaca hasta la de todo tipo de presa de caza, avestruz y hasta pescado.
El biltong deriva de un método de preparación y conserva de alimentos que los holandeses inventaron para servirse de ellos en sus viajes de colonización, especialmente los que les trajeron en el siglo XVII a Sudáfrica. Ante la falta de ganado, se sirvieron de la caza y de las presas que encontraron y aprendieron a conservar en un clima húmedo y caluroso, en un tiempo en el que no había hielo ni frigoríficos. Parece ser que el biltong fue, en realidad, un invento perfeccionado por los bóers que salieron de Ciudad del Cabo en dirección norte protagonizando el Great Trek.
El biltong se hace macerando la carne en vinagre, luego se escurre y se añaden sal y otras especias muy variadas para, finalmente, ponerla en los secaderos. Las variedades de biltong son incalculables. Aparte de los diferentes tipos de carne que se utilizan, como el Kudu, Elan, Avestruz, Impala y cualquier tipo de venado o pieza de caza, las preparaciones y aderezos dependen de la imaginación del fabricante: tierno, duro, en palitos, en rodajas, picantes, suaves, con hierbas, mezclas aromáticas y un sin fin de sabores. El biltong se toma muchísimo como aperitivo, acompañado de cerveza, aunque ya lo he visto hasta en pizzas y dando sabor a patatas fritas y ganchitos. Un servidor, amante de la cecina y de las salazones, ha encontrado en este producto un mundo fascinante de sabores y emociones que brindo al respetable. Salud!.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Frases lapidarias

Circulan por la red muchas versiones de una colección de chascarrillos que viene a llamarse, más o menos, verdades absolutas. Son pequeñas frases ingeniosas, sentencias o simples chistes con los que hacer sonreír al lector como aquélla de« “Toda cuestión tiene dos puntos de vista: el equivocado y el nuestro” o “Si una piscina es honda, el mar será Toyota”. Como se puede apreciar, el nivel no es muy exquisito pero qué se la va a hacer.
El caso es que también los mozambiqueños han redactado una colección de frasecillas lapidarias que aparecen frecuentemente por los correos funcionariales. Tienen una gracia especial porque no se trata sólo de chistes sino que encierran, en algunos casos, una cierta filosofía vital, muy africana diría yo. Dejo aquí una selección para regocijo del lector.

“Todas las setas son comestibles… por lo menos una vez.
Nacemos calvos y sin dientes, todo lo que venga luego es ganancia.
Los amigos vienen y van pero los enemigos siempre se acumulan.
El amor es ciego, por eso es preciso tocar.
Si no quieres tener hijos, acuéstate con tu cuñada. Tendrás sobrinos.
Algunos quieren tanto a sus mujeres que, para no gastarlas, usan las de sus amigos.
Si un día te sientes inútil o deprimido, piensa que una vez fuiste el espermatozoide más rápido de todo el grupo.
¿Por qué los hombres persiguen a mujeres con las que no se quieren casar? Por lo mismo que un perro corre detrás de un coche que no pretende conducir.
Los hombres mentirían mucho menos si las mujeres no preguntaran tanto.”

Qué aproveche.

martes, 13 de noviembre de 2007

Vecinos

No vivo solo. A mi alrededor bullen los insectos, los pájaros, el búho que vive en al araucaria y los ratoncillos grises. Uno, chiquito y peludo como una bola de pelusa, que por descuido entró en casa y que corría de tanto en tanto entre la lavadora y el fogón, resultó finalmente atrapado por las trampas de Silvia.
Las hormigas, los escarabajos y las mariacafés, esos gusanitos milpiés que se enrollan formando una especie de concha perfecta, pasean de un sitio a otro explorando el mundo. Aquí coloco a dos de mis pequeños vecinos.

Desarrollo, burocracia y otras hierbas

Este es un país en el que todo discurre normal y plácidamente. O, al menos, hasta que sucede algo. Es en las emergencias o en lo extraordinario cuando el viajero se percata de que no todo brilla como parece, casi nada es tan fácil como se espera ni las cosas discurren tan fluídamente como la vida local se complace en indicar. Por el contrario, suelen brotar de cualquier parte los inconvenientes, las trabas y los empellones que un instante antes parecían no existir, mientras que las cosas más nimias se convierten en problemas terribles, barreras infranqueables y agotadoras pruebas para el paciente sufridor. Los problemillas que en casa se resolverían con una llamada telefónica (siempre que no responda un contestador pregrabado de los de "si desea la opción b pulse cinco") aquí se convierten, por menos de nada, en un cúmulo de fatalidades que ríase Vd. de los doce trabajos de Hércules o de la Odisea, sin ponernos dramáticos.
La otra noche, unos malandros me rompieron la ventanilla trasera de mi bakkie. Se ve que, a falta de ganzúas u otros instrumentos típicos del noble oficio del murcio, intentaron abrirla con una piedra, herramienta mucho menos sutil e incomparablemente más basta pero que tiene la ventaja de su disponibilidad universal y su apariencia poco sospechosa. Pero claro, tampoco es una cosa muy precisa, de modo que se les fue la mano y se les rompió todo el cristal. Digo esto con conocimiento científico del modus operandi, porque se veían claramente las marcas de las pedradas contra la sufrida cerradura de la ventanilla y las rayaduras en el cristal contiguo al apoyar la piedra contra él. El caso es que la ventanilla se rompió, entraron en la carrinha y no se llevaron nada porque nada había, pero me dejaron con un hermoso hueco en la parte posterior que resfrescaba mucho pero que impedía un uso normal del vehículo. Total, que me fuí a dar parte al seguro.
Ya he dicho alguna vez que aquí lo de los seguros es una cosa muy extraña y que la mayor parte de los coches no lo han conocido en su vida. Las aseguradoras son muy escasas y sus oficinas son lugares semidesérticos en los que los empleados se pasan las horas mirando a las musarañas por falta de material laboral alternativo. El trato, por supuesto, es personalizado. Uno se siente tratado como un Rothschild que fuera a abrir una cuenta corriente en Cajamadrid.
La recepcionista me condujo ante el tramitador que lo dejó todo para atenderme y me sentó en su despacho. Aquí el parte no lo rellena uno en cola interminable. Aquí el tramitador le ofrece a uno un té mientras saca parsimoniosamente sus instrumentos de escritura y se dispone a cumplimentar el impreso de declaración de siniestro como si fuese a escribir la Carta Magna. Va preguntando al asegurado, una por una, todas las cuestiones que aparecen en el documento y que precisan ser rellenadas lo que, en mi caso, se reducía a dos cuestiones relevantes: coche aparcado y cristal roto. Pero no; la burocracia y el exacerbado prurito del empleado hizo que me preguntara cosas absurdas como "¿Se considera culpable del siniestro?" a lo que no tuve más remedio que contestar que sí, si es que la culpabilidad derivaba del pecado original o del hecho de haber aparcado el coche en lugar tan poco saludable. También me preguntó por el causante del daño como si yo hubiera hecho un examen dactiloscópico del coche en el cuarto de baño de mi casa con el kit de Joven Detective de la Señorita Pepis.
En aquél interrogatorio tardamos más de media hora pero la cosa no acababa sino de empezar. Ahora se trataba del problema del perito. El caso es que eso del peritaje industrial que se usa en nuestros países es aquí cosa desconocida. El perito es un ser fantasmal que no se sabe donde mora ni cuando puede aparecer. Lo único que entendí es que allí no estaba, que no se le esperaba, y que tampoco iba a pasar por el taller dado que mi coche -en palabras literales del tramitador- "se movía". Claro que se mueve -dije yo- pero lo hará fuera de mi alcance y para siempre si lo aparco en cualquier sitio con la ventanilla abierta. El problema, sin embargo, se presentaba insoluble. Al perito sólo se le podía ver en un extraño aparcamiento del centro al que va únicamente de 12 a 2 de la tarde. No iría al taller y tampoco había manera de que el coche se reparase sin su intervención. Intenté hacer ver al empleado que un cristal era un cristal y que se trataba solo de sustituirlo y que, en todo caso, él mismo podía comprobarlo y luego decírselo al perito cuya misión, en este caso, estaba limitada a la valoración de la pieza de recambio. Pues nada. Después de una fatigosa hora de toma y daca, conseguí que el tramitador viese el coche y admitiese -provisionalmente porque aquí casi nada es definitivo- la posibilidad de sacar una fotografía para adjuntar al expediente y que el perito se limitase a valorar el cristal de la ventanilla. Yo, mientras tanto, llevaría el coche al taller para que le pusiesen urgentemente la pieza y poder circular. Saqué las fotografías y se las mandé al interfecto que no respondió esta boca es mía durante el resto del día. Por la tarde me llamó el del taller porque ya había reparado la pieza y se trataba de ver quién era el afortunado que se hacía cargo de la facturita. Llamé de nuevo al del seguro y me dijo que había estado muy ocupado pero que hablaría con el perito; luego el del taller me dijo que si no pagaba alguien, el coche no se movía de ahí. El del seguro replicó que las fotos estaban siendo analizadas; el del taller, que no pasaba nada, que se quedaba el coche en depósito; el del seguro que agradecía mucho mi llamada pero que en horas de almuerzo no podía solucionar nada; el del taller, que el departamento de finanzas se estaba poniendo nervioso y el del seguro que le volviera a enviar las fotos que el perito no las entendía. Yo, de vez en cuando, les rogaba que se hablaran directamente entre sí porque mi intermediación, con toda evidencia, no estaba resultando práctica. Total, sigo sin coche, sin fotos y, a lo que se ve, sin seguro.
Postdata: Hoy ha venido el infame canalizador (fontanero) que me tiene arruinada la casa con sus fallidas reparaciones. Su diagnóstico ha sido una sentencia: "esto va a ser que el agua sigue saliendo". Inconmensurable.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Calamitas virtutis occasio est

De mi querido y nuevo compañero de fatigas en Maputo, al que llamaré Paco para que no le reconozca el fetiço que parece acompañarle desde que llegó, no puedo decir nada que no sea bueno: afable, trabajador, divertido, sacrificado, extraordinario amigo... Sin embargo, la fatalidad parece acompañarle hasta extremos que nadie, hasta ahora, logra explicarse. En pocos meses ha logrado ser detenido en los controles de la policía más veces que nadie; tiene el record de averías automovilísticas; su casa -nuevecita- está llena de defectos que nadie repara (esto me suena); ha sufrido experiencias aduaneras dignas de una película marxista (facción Harpo) y ha experimentado el raro fenómeno de que todos aquellos a los que ha invitado a venir a Mozambique han dicho que sí.
A mí me pasó justamente lo contrario: cuando anuncié a amigos y familiares que me expatriaba al Africa Austral, casi por unanimidad expresaron su deseo de venir a hacerme una visita. Luego, claro está, las cosas se enfrían, los costes se disparan y el tiempo, la distancia y las ocupaciones nunca terminan de encajar. Total, que salvo unos pocos elegidos, ninguno de los entusiastas candidatos que a la sazón se postularon, ha terminado por llegar. Esto, si bien es algo fastidioso para la soledad del pobre expatriado, tampoco supone ningún incomodo, ya no hay que preocuparse por nadie, preparar viajes, atender en casa, acompañar, proporcionar ayuda y asistencia y, en fin, experimentar todas esas entrañables, conocidas, pequeñas, e inevitables servidumbres derivadas de la compañía y la amistad.
A Paco le han venido, en pleno, todos aquellos a los que invitó. Incluso en número tal que podrían obtener rebajas por viajar en grupo. Lleno de probidad y sacrificio, el pobrecillo ha hecho todo tipo de esfuerzos para contentar a sus huéspedes, compartiendo sus horas, sus desplazamientos turísticos y sufriendo con ellos algunos avatares dignos de mejores y más extensas crónicas. Pero lo que pasó ayer supera, con mucho, cualquier antecedente.
Resulta que, para aprovechar la semana, Paco recomendó a sus visitantes, en número de cinco, que visitaran las playas de Inhambane, concretamente Tofo. Todo iba bien desde el miércoles en que llegaron. Se alojaron, como es habitual, en una de esas pequeñas cabañas de madera situadas a la orilla de la playa, un modelo de casa tradicional muy típico de la zona y muy agradable, que permite una estancia fresca y natural en condiciones confortables.
Estos días, casi toda la costa está experimentando fuertes temporales. En Maputo llueve mucho y más al norte se han producido grandes tormentas. Ayer, en Tofo, los amigos de Paco decidieron dar un paseíto por la playa. Pertrechados con poco más que unas chanclas y la ropa de baño, comenzaron a andar por la beira do mar cuando se desató una fuerte tormenta con lluvia rabiosa y aparato eléctrico. Decidieron regresar a la cabaña y comenzaron a andar cuando se apercibieron de que en el horizonte se veía una columna de humo. La cosa parecía surgir de la zona en la que se encontraba su choza así que apuraron el paso y apreciaron que por debajo de la columna se veían llamas. Al llegar al lugar del siniestro se dieron cuenta de que una cabaña estaba ardiendo: la suya. Un rayo había caído sobre ella derrumbando la techumbre y carbonizando absolutamente todo lo que allí se encontraba: equipaje, utensilios, dinero y documentación. Empapados por la lluvia, en bañador y en chancletas, los cinco viajeros se quedaron con la boca abierta.
Lo que sigue es cosa que aún éstá en pleno proceso de desarrollo; habrá que reproducir la documentación para que puedan salir del país y habrá que buscar todo lo demás para que puedan subsistir. Emergencia consular, atestado policial, problemas de seguros, burocracia, líos de transporte de vuelta y el pobre Paco, agotado, en medio del mäelstrom, con la única sensación de alivio de pensar en lo que podría haber ocurrido si el rayo hubiera caído en la cabaña con todos sus amigos dentro.
Ya se sabe que las desgracias nunca vienen solas pero hay veces en que se ceban con el mismo.

martes, 30 de octubre de 2007

El Scala

No sé si alguna vez se habrán preguntado los amables lectores porqué todos los cines del mundo acostumbran a usar un mismo catálogo de nombres propios. A poco que uno haya viajado, habrá visto que casi en cada ciudad hay un Carlton, un Palace, un Lido, un Metropolitan, un Savoy, Olimpia, Coliseo, Scala o un Astoria. Junto a ellos, claro, se encuentran otras variedades locales, pero aquéllos vetustos nombres perduran en esa especie de universal catálogo patronímico, herencia misteriosa de glorias pasadas, casi siempre asociadas a viejos edificios o antiguos locales postineros cuya huella ha quedado en el recuerdo nominal pero apenas en la memoria efectiva. Maputo no iba a ser menos y, de los cuatro cines que tiene, uno se denomina Cinema Scala, en la Avda. 25 de Setembro, frente al Café Continental, es decir, en pleno centro neurálgico de la antigua Baixa de la ciudad. Los otros tres son el Gil Vicente, el Xenon y el Africa. Como se puede apreciar, se mantienen las proporciones clásico-locales en el reparto de nombres.
Excepto el Xenon, más moderno y al estilo de las multisalas europeas, los otros tres cines permanecen en el estado en el que se encontraban durante el tiempo colonial. Grandes estructuras, techos inalcanzables, cabidas multitudinarias, pantallas gigantescas y sillería de madera, eskay y latón. El Scala y el Africa son, cada uno en su estilo, reliquias gemelas de aquellas salas españolas de lujo de los años cincuenta, con sus grandes entradas, sus salas repletas de florones y dorados, su bombón helado, sus acomodadores y su no-do, su suelo de madera, sus alfombras corridas y sus butacas rematadas con tachuelitas de latón. Ambos cines están en uso, aunque su aprovechamiento resulta muy escaso. Para un cinéfilo empedernido como quien esto suscribe, da un poco de pena ver las salas semivacías, las butacas desportilladas y el polvo adueñándose de paredes, lámparas, estuquería y escenario, como si ocupara los tristes huecos que dejan los espectadores ausentes.
En el Scala se ha celebrado un pequeño festival de cine español que organiza la Embajada. Ocho películas recientes que nos han traído el siempre agradable aroma del hogar. Yo, lo confieso, no he conseguido verlas sin leer los subtítulos, lo que me ha parecido realmente chocante y aun pasmoso, pero he disfrutado viendo cómo traducían al portugués diálogos castizos y cerrados que apenas sé cómo se pueden entender en otro idioma. Esto ocurría especialmente con la variedad de palabras malsonantes de las que disfrutamos en español. El portugués, al menos el más formal –en Oporto no es lo mismo- no se caracteriza por el uso de palabrões y resultaba curioso ver cómo, por ejemplo, una interminable retahíla de insultos con todo tipo de alusiones genéticas y fisionómicas se traducía, monocorde e invariablemente, como cabra o, ya como algo fuerte, cabrão. Con este vocabulario, pensaba yo, los conductores madrileños enmudecerían de sopetón.
Durante la proyección, el sonido no se veía perturbado por los teléfonos móviles sino que volvía a ser amenizado por los viejos crujidos de la madera de las butacas en las que se rebullían los espectadores. En el Scala, solo falta el hombre de las palomitas, con su chaquetita blanca, para que el regreso al pasado sea completo.

viernes, 26 de octubre de 2007

Fenómenos para-anormales

El otro día, presa del aburrimiento, revisaba yo las visitas de los amables lectores. Sabrán, como es bien patente, que hay un pequeño contador que registra algunos datos elementales de quienes acceden a este diario. Uno de estos datos es el de los referrals, es decir, las palabras o frases de búsqueda que, por alguna relación directa o indirecta, han conducido a algunos, visitantes ocasionales, a estos mis humildes y cibernéticos dominios.
Es normal, dicho lo anterior, que ciertos temas como "Kruger" "telas africanas" "Maputo" o "significado de Tauta" hayan desembocado en este blog. Ya es más extraño, aunque igualmente comprensible y hasta divertido, que provengan de frases de búsqueda como "blogs que contienen Almuradiel" o "Ley de la Silla". Pero lo que no hay quien entienda es cómo se puede llegar al país de Nemota Tauta con la frase "animalsex movies" que he descubierto con admiración. ¿Qué enloquecida asociación de ideas puede haber conducido a los duendes informáticos a traer a nuestro misterioso navegante hasta el mundo africano? ¿qué cara habrá puesto el zoólogo aficionado al ver en dónde había recalado? ¿habré deslizado en el texto, inconscientemente, algo que pueda ser encuadrado en aquélla disciplina? Ruego a los lectores, esta vez a los habituales, que me hagan llegar cualquier descubrimiento al respecto para que, al menos, pueda ser correctamente citado o, cuando menos, enriquezca mi vocabulario.

Caos?

No sé cómo hay quien tiene dudas acerca de la teoría del caos. Yo creo que se basa en hechos empíricamente irrebatibles y aún diría que evidentes hasta para el más cegato, como lo demuestra el simple experimento de dejar en cualquier cajón un cable, cuerda, hilo o similar perfectamente doblado. Pues bien, con sólo abrir y cerrar un par de veces el susodicho cajón y sin tocar nada, el cable en cuestión se habrá convertido, él solito, en un auténtico burruño lleno de torceduras y, como mínimo, tres o cuatro nudos indestripables que convierten su vuelta al uso en una selección oral del diccionario secreto de Cela.
Hay otros ejemplos, claro, como el de la Silla Maligna de la cual todos hemos conocido una y yo, por desgracia, varias: se trata de la silla en la que amorosamente colocamos la ropa que pretendemos usar de un día para otro como alguna camisa, la corbata o ese pantalón tan delicado que nos compramos aquella tarde infame en que la simpática vendedora nos juró que nos sentaba que ni pintado. A la mañana siguiente, la Silla Maligna hará que nuestra corbata esté en el suelo como la piel de una serpiente en muda, la camisa convertida en un trapillo inidentificable y el delicadísimo pantalón en un amasijo de arrugas que no querría ni Adolfo Domínguez en su época de creyente. Además, encontraremos prendas que no recordamos haber dejado allí y otras que habrán desparecido sin dejar rastro. Otra peculiaridad específica de la Silla afecta a los pantalones los cuales, sean cuales fueren los cuidados y mimos que dediques a su doblado, aparecerán con un mínimo de dos rayas en cada pernera, aunque lo normal es que aparezcan con tres o que, en el peor de los casos, todas hayan desaparecido por completo. El poder de la Silla Maligna se recrudece en Maputo, quizá por la humedad ambiental, aunque no logro explicarlo.
A veces el caos se convierte en un pseudo rasgo de la personalidad y no voy a dar otra noticia excepto la de mi empleada y su sistema de orden y control que yo, lo confieso, aún no he logrado descifrar. En el sistema alimenticio y de cocina, se producen fenómenos inexplicables como que las conservas se agrupan por la forma de las latas y no por su contenido, el azúcar desaparece de la noche a la mañana, el aceite se distribuye en pequeños tarritos de misteriosa cabida, la sal se multiplica como por ensalmo, la mermelada y los huevos no se meten en el frigorífico mientras que las latas de atún sí y la tostadora se encierra siempre en una bolsa de plástico. En el ámbito de la ropa, el caos asciende a cotas mayestáticas en base a dos principios básicos: el primero es que todo lo que se puede, se cuelga de las perchas y el segundo es que, lo que no se puede, se coloca en cualquier cajón de las cómodas de manera estrictamente cronológica. Lo primero quiere decir que cada percha alberga tres o cuatro prendas de variada índole: camisas, camisetas, un pantalón debajo, una chaqueta encima, etc; de esta manera, si tienes la desgracia de necesitar lo que está debajo has de maniobrar concienzudamente durante un buen rato. Lo segundo significa que las cosas, una vez lavadas, se meten en cualquier cajón donde haya quedado espacio, con independencia de cuál sea el contenido previo de éste. Así pues, en cada cajón hay, más o menos, un ejemplar de cada cosa: unos calcetines, una camiseta deportiva, unos pantalones de deporte, un par de calzones y un pañuelo. Si a esta disposición añadimos la Ley de Murphy, se advertirá que cada vez que necesito, digamos, un pañuelo determinado, tenga que abrir todos los cajones antes de dar con él, que estará, indefectiblemente, en el último.
A veces el caos deja espacio a una manera peculiar de entender el orden, digamos artística, que hace que, por ejemplo, todos los frascos, adminículos y artilugios que tengo en el cuarto de baño aparezcan una mañana delicadamente colocados de mayor a menor, o por colores, o formando un dibujito o una pirámide. En pequeñas dimensiones, el esfuerzo resulta verdaderamente encantador.
La última manifestación del caos, apreciable en este país, se refiere a las obras y reparaciones. En resumen podría decirse: si una cosa funciona, es mejor no tocarla. El corolario sería: más vale una gotera que no una inundación en toda regla. Esto último lo digo con conocimiento de causa porque aquélla pequeña pinguinha que había en el cuarto de baño de mi casa, que apenas molestaba por haberse convertido en algo casi entrañable y zumbón, se ha convertido hoy, después de una remodelación completa del cuarto de baño, varias intervenciones del fontanero y tres reparaciones sucesivas, en un desastre acuático de proporciones mayúsculas, asimilable a las cheias zambezianas o al tsunami malgache. Parece como si cada cual que ha intervenido en el siniestro hubiera hecho alguna cosa para aumentar sus efectos y, quién sabe, quizá sus causas. Ahora ya ha tenido que intervenir la brigada de emergencia porque el agua chorrea por la fachada, comienza a estar en peligro la instalación eléctrica y tanto las paredes como las cortinas y el suelo muestran serios daños.
Así pues, el resto de cosas que aún faltan de la casa o los mecanismos que no funcionan, es mejor dejarlos porque cualquier reparación supone una amenaza de catástrofe. Que me quede como estoy.

jueves, 25 de octubre de 2007

Casas de Comida

Dentro del imponente y generalizado flash-back que constituye Maputo, he de dar cuenta de una atracción que en otros tiempos se llamaban en España restaurantes económicos o, más castizamente, casas de comida, en las que los sufridos estudiantes, trabajadores, jubilados y demás clases poco pudientes podían sacudirse la gazuza a precios más que módicos con platos de la enjundia del filete de hígado con huevo, las sopas de ajo, las tortillas ilustradas o el pollo a la chilindrón. Claro que la cosa no era para pedir lujos, la iluminación era escasa, las cortinas de cretona, las mesas de terrazo, las sillas de plástico, el mantel de papel y los cubiertos ligeramente doblados por el exceso de uso; pero había tele, la comida era casera, el menaje razonablemente limpio, el servicio casi familiar y la parroquia educada y atenta. A poco que uno frecuentase uno de aquellos entrañables lugares, se convertía en un cliente preferente al que los camareros saludaban, conocían y se dirigían a él preguntando “¿lo de siempre?” o le soplaban casi al oído la recomendación del día que, naturalmente, había de ser observada al pie de la letra. “Lo de siempre”, en mi caso, consistía en un compromiso básico entre la abundancia y calidad de los nutrientes del plato y los precios irrisorios, combinación especialmente lograda en casos como las judías pintas con arroz y el bacalao con patatas que recuerdo vívidamente de mi económico de Lavapiés. Los postres eran también caseros, pero caseros de verdad, no como los de ahora que cuando te dicen “de casa” quiere decir “hecho en casa pero con polvos comprados en el supermercado”, y la bebida solía centrarse en el tradicionalísimo vino tinto con sifón o –si se era especialmente exquisito- con gaseosa.
Quedan aún en Madrid algunos de aquellos económicos pero cada día desaparece alguno para ser sustituido por locales modernos, higiénicos, perfectamente decorados, franquicias impolutas de camareros almidonados de uniforme o restaurantes temáticos que parecen un decorado de parque de atracciones. Ya no es lo mismo.
En Mozambique hay infinidad de casas de comida. En Maputo se conservan de varias clases. Mis favoritas son, en primer lugar, las terrazas, merenderos o esplanadas , barracas de madera, chapa y mobiliario de madera, donde se sirven platos mozambiqueños típicos como el pollo a la brasa con patatas fritas y ensalada o el peixe frito, y, en segundo lugar, los económicos del centro de la ciudad, generalmente conservados desde la época colonial y donde sirven menús del día por un precio aproximado que va desde los 65 hasta los 85 meticales, es decir, entre 1,8 y 2,5 euros. Consisten, generalmente, en un plato combinado en el que se funden generosas raciones de arroz, patatas, ensalada y pescado o carne de todo tipo, a veces también con algo de pasta y verduras.
Para los nostálgicos, los locales conservan todo el sabor de las casas de comida españolas de hace treinta años pero aquí, a diferencia de lo que ocurre en España, no son reliquias sino lugares vivos y hasta casi de lujo porque para la mayoría de los trabajadores o personas de escasos recursos, el almuerzo consiste en un bocadillo gigante de salchichas o fiambre frito comprado en los innumerables puestos callejeros y comido allí mismo. Los habituales de los restaurantes económicos son oficinistas, empleados del estado o expatriados. Yo suelo frecuentar dos: O Galeto y O Jardim, ambos cerca de mi lugar de trabajo y que reúnen las mejores características ya descritas. En favor de O Jardim, añadiré que está al aire libre y que desde su enmaderada y tranquila varanda se disfruta del jardín botánico de Maputo que rodea a los comensales como un atento y rumoroso anfitrión.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Atardeceres africanos

Ya sé que uno de los paisajes típicos de Africa son las puestas de sol. Estampas tópicas, se cree, esterotipos. Parece que tenemos en la reserva de nuestros recuerdos inventados una postal en la que se la tierra colorada e hirviente de este mundo austral aparece teñida de un rojo aún más violento y sanguinario, como si la inmensa bola de fuego se resistiese a morir cada día, como si se fuera protestando a la manera de un dios poderoso y cruel. Creemos, con todo, que se trata de una marca, de un diseño inconsciente que anida en la memoria colectiva pero que no es tan cierto como la sequía, las lluvias o la misma pobreza.
Sin embargo, las puestas de sol africanas no son una postal; acechan al viajero en cualquier lugar: en la ciudad, en la sabana, en el mar. Son rápidas como una centella, de modo que la furia de los colores va seguida de una estela tremulosa que se aprecia, casi, a simple vista. El sol no se oculta, sino que parece caer a plomo. La tierra tiembla cuando se hace oscura y la vida africana muda de registro y comienza de nuevo, ahora noctívaga pero siempre agitada y caudalosa como un gran río, como un Zambeze de carne, hueso, espinas y élitros que se apoderan de la noche hasta el nuevo amanecer.No es preciso viajar lejos para ser testigo de estas puestas de sol. Se ven desde el hotel Cardoso de Maputo, desde la Costa del Sol, desde las carreteras sudafricanas y desde el Kruger. Sólo es preciso aguardar un poco.

martes, 23 de octubre de 2007

Odisea

Hay ocasiones en que, a la manera de la celebérrima magdalena proustiana, recuperamos el pasado de manera fugaz por medio de un olor, un sabor, una sensación o un paisaje. Quien esto suscribe, modestia aparte, ya tiene una edad como para que este fenómeno se repita con cierta frecuencia, especialmente en Mozambique, país que extrañamente conserva un buen puñado de aquellos rasgos que, si bien no coetáneos con mi memoria ni con mi juventud, sí forman parte del recuerdo de los recuerdos, o sea, de aquella primera reminiscencia de la infancia que no trae tanto una vivencia directa como el relato de la que experimentaron otros, los que entonces eran algo mayores que yo, y que me transmitieron la suya propia para dejarla anclada, vicariamente quizá, en los tiernos años en que el mundo aún era el de los adultos y los niños apenas la sombra de un proyecto.
El otro día, gracias a un hecho irrelevante del que daré noticia a continuación, se me apareció aquella España de mi infancia en que las distancias eran eternas, las esperas interminables, las empresas arriesgadas y los viajes siempre a lugares remotos. Reviví aquellos días en que, cuando mi tío iba a cumplir el servicio militar a África, tardaba cuatro días en llegar a Algeciras; cuando mi padre iba a la capital llegaba dos días después; cuando los trenes viajaban a la pasmosa velocidad de 35 kilómetros a la hora y cuando ir desde Madrid a las montañas familiares –apenas 400 Km. de distancia- costaba 10 horas de autobús, un descanso de otras cuatro horas en medio del camino, tres horas más de tren de vía estrecha y, por fin, un trayecto en un estrepitoso land-rover durante dos horas más a través de una pista sin asfaltar.
Un amigo local decidió contratar una empleada de hogar –aquí llamada simplemente empregada o babá- de una provincia lejana. También como en aquélla España antigua, las empleadas “de provincias” son aquí preferibles a las de la capital porque aquéllas viven en casa, no salen apenas porque no conocen a nadie, no sisan comida porque no tienen a dónde llevarla ni sus familias viven cerca y, por último, se dice que son más educadas, trabajadores y obedientes. Mi amigo contrató a una joven que había trabajado con sus padres en una provincia del norte y de la cual tenía muy buenas referencias. Así que habló con ella, le ofreció el puesto en la capital y se hizo cargo del traslado. La cosa empezó con el transporte que, naturalmente, se hizo en machibombo o autobús, un viaje infernal que empezó a las cuatro de la mañana en origen y que terminó en la estación informal de autobuses de Maputo (informal porque, en realidad, no existe sino que las paradas se hacen de cualquier manera en la Avda. Kart Marx) a eso de las 8 de la noche. Dieciséis horas de viaje en una especie de autobús del que apenas tiene el nombre pues se trata de una vieja carraca sin comodidad alguna y con asientos de plástico en la que viajan los sudorosos viajeros a cambio de 100 meticales (3 euros) el trayecto.
La aventura comenzó a la hora de ir a recoger a la empregada. El horario de llegada es aproximado, de manera que mi amigo, temporalmente sin coche por causa de una avería, me pidió que le acompañara para ir a la estación entre las 8 y las 9 de la noche. La cosa consiste en hacer una media aproximada, de manera que fuimos allí a las 8:30. De este modo se reparte la espera y si el machibombo llega pronto espera el viajero y si llega tarde esperan los que lo recogen. En todo caso, piensa uno, ya nos podremos poner en contacto con la señora para que nos avise de cualquier incidente. Error. La señora, como es lógico, no tenía teléfono móvil, de modo que la solución de los remitentes consistió en sentarla al lado de un amable caballero que sí disponía del artilugio y al que se podía llamar –llegado el caso- para saber algo de la interfecta. La idea no estaba mal si no hubiera sido porque el señor se bajó en Xai-Xai a las cinco y media de la tarde, dejando a la pobre señora sola y sin recursos en un autobús al que aún le quedaban varias horas de viaje hasta Maputo. Olvidaba decir que la tantas veces repetida señora salía del pueblo por primera vez y que no sabía nada del país, de la capital, de viajes y –si me apuran- hasta de teléfonos.
A eso de las 10 de la noche, viendo que el autobús no llegaba ni por casualidad, preguntamos a todos los viandantes si sabían algo del nuestro y no obtuvimos respuesta positiva sino más bien contradictoria: para unos, ya había llegado, para otros, aún quedaba un rato y era normal que se retrasara y para otro grupo, ni que sí ni que no. En medio de la desesperación de no poder contactar con nadie, conseguimos por fin el teléfono de un cobrador de la empresa que, a su vez, nos proporcionó el del motorista del autobús. Después de varios intentos, logramos hablar con él quien alborozado nos dijo que el convoy había llegado más o menos a tiempo, es decir sobre las 8:15, que ahora se encontraba en las cocheras de la empresa y que se alegraba muchísimo de hablar con nosotros porque había una señora con mucho equipaje durmiendo en su autobús y que no conseguía explicarse qué es lo que hacía allí ni qué hacer con ella. Salimos escapados hacia el depósito donde nos esperaba ya el hospitalario conductor. Despertamos a la señora que bajó de la cabina sonriente y despeinada como si no aquello fuera de lo más normal. Nos explicó que a causa de la duración del viaje se había quedado frita y que no se enteró de la llegada al destino al que, por cierto, tampoco hubiera reconocido de noche porque después de haber pasado por las ciudades medio país ya no distinguía una cosa de la otra. Así pues, cuando se quiso dar cuenta estaba en el depósito y ya no supo qué hacer ni qué decir porque carecía del número de teléfono de mi amigo, y en realidad, de cualquier otro dato, así que convino con el conductor en quedarse allí a pasar la noche y, si ello fuera preciso, el tiempo necesario hasta que alguien apareciese y la rescatara.
En nuestro país, alguien que hubiera pasado por tamaña experiencia aparecería desencajado por la tensión. Nuestra simpática empleada de hogar llegó por fin a casa, tras 20 horas de viaje y avatares, con una generosa sonrisa y unos ojos somnolientos que sólo traducían un apacible y sufrido cansancio. Se me olvidaba decir que estaba encinta.

Floris silvat undique

La primavera se ha adueñado de Maputo que cumple ahora sus 120 años de antigüedad como capital de Mozambique. La perla del Índico, la ciudad de las acacias y los jacarandás, retoña con fuerza salvaje, entre los racimos de flores rojas, amarillas y violetas de los árboles que nos rodean pese a la poda feroz a la que han sido sometidos durante las últimas semanas. El aire se ha llenado de humedad y una legión de pequeños heraldos del calor ha inundado las calles. Hormigas, mariacafés (milpies) coleópteros de mil formas y tamaños, moscas, avispas, elefantinhos y mosquitos pululan por doquier, entre los macizos, los cocoteros y las araucarias, invadiendo las casas y los jardines que se multiplican a sí mismos como por ensalmo. El calor comienza a apretar y el mar se agita con mareas violentas que llenan las playas para luego retirarse a cientos de metros hacia el interior dejando los barcos varados en tierra como si se hubieran perdido en un desierto. El viento azota la ribera y los palmerales con rara violencia mientras la lluvia comienza a hacer acto de presencia, arrastrando pedazos de asfalto y creando nuevos socavones que se suman a los viejos creando un laberinto de obstáculos que los automóviles esquivan a golpe de volante y de volante. El Ayuntamiento -algún mal pensado creería que por la cercanía de las elecciones- acomete algún modesto trabajo de renovación del asfalto, bacheando aquí, pintando allá y cortando algunas vías principales para poner a prueba la paciencia de los sufridos ciudadanos. Tras el crudo invierno, la ciudad se despereza.

martes, 2 de octubre de 2007

El viajero moderno

En los viajes por avión hay dos categorías: la de quien viaja en preferente y la de los demás. Más que de categorías podría hablarse de universos porque la diferencia entre ambos modelos prácticos roza lo cósmico. Esto, claro, no se nota mucho en los viajes cortos, en los que la ventaja del pasajero bussines frente al turista suele limitarse a alguna revista y a una merienda gratuita; en cambio, en los viajes de larga duración, parece como si los diseñadores de interiores de avión hubieran dicho: se van a enterar. Y lo consiguieron, oye, como si en un mismo restaurante, a un comensal le sirvieran el menú de lujo de Adriá y al otro un pirulí. Lo malo es que, además, el del pirulí está en la mesa de al lado del otro, sufriendo la ignominia de su modestia y la evidencia de su inferior condición. En estos aviones, lo único que comparten los viajeros de primera y de turista es el fuselaje y el potencial honor de morir juntos en caso de catástrofe. Todo lo demás es distinto hasta el punto de que la definición castiza de la zona turista es la de galeras, figura que ni pintada para describir una para-estructura social en la que la sufrida clase económica rema para mantener a flote la nave en cuya cubierta superior viajan cómodamente los seres privilegiados.
Para un sufrido viajero que ha de enfrentarse a travesías intercontinentales, encerrarse más de diez horas en los estrechos límites de un asiento turista es una experiencia terrorífica. Se nota que las compañías valoran el espacio porque hacen todo lo posible para que, cada vez, quepan más pasajeros en el mismo avión de modo que se aprecia una notable reducción en el espacio para las piernas, para los brazos y para el movimiento hacia atrás del respaldo que, cuando se abate, llega hasta la dentadura del vecino a poco que éste no ande listo y haga lo propio.
Al empezar el viaje las cosas aún tienen una apariencia razonable: los pasajeros están sentados correctamente, los adminículos como mantas y almohadillas se utilizan elegantemente y los atuendos personales aparecen en su sitio.
La primera tour de force llega con el refectorio. Los tripulantes colocan la cena en las mesitas a velocidad de vértigo y comienza el imposible ejercicio de cómo utilizar los cubiertos en cuarenta centímetros de anchura. Pruébenlo en sus casas los lectores y se darán cuenta de la enormidad del desafío. Al segundo intento, uno se da cuenta de que la única manera de cortar el pollo con cuchillo y tenedor consiste en levantar los codos a la altura de las orejas, con el peligro que ello supone para las gafas del vecino quien, a su vez, se esfuerza en untar la mantequilla en la tostadita en medio de una turbulencia, con lo que el pedacito amarillo puede acabar en cualquier parte menos donde debía. Como la mesita queda normalmente a la altura de las rodillas, el viaje del plato a la boca constituya una aventura en sí mismo. Nadie sabe si el alimento llegará a su destino y, efectivamente, el rumorcillo de ops, huy, ay y similares, inunda la cabina indicando caídas indeseadas y marcas indelebles en las ropas de los viajeros. Parece mentira, por otro lado, cómo los encargados y diseñadores de catering consiguen meter tan poca comida en tanto embalaje, logrando que cada vez haya menos condumio y más plástico y envoltorios. Tres tazas, dos bandejitas, cubiertos como si fuéramos a comer en el Ritz, toallitas, palillos, sobrecitos de todo tipo, vasos variados y bolsas, todo individualmente envuelto en plástico como si fuera a pasar una inspección para entrar en una sala de operaciones. Lamentablemente, este despliegue de envoltorios suele encerrar un contenido decepcionante: todo bastante escaso y de un calidad que en el mejor de los supuestos podríamos denominar justa y en el peor, lamentable. En resumen, que la mayor parte del esfuerzo del pobre comensal durante la cena consiste, por una parte, en encontrar el alimento propiamente dicho entre la maraña de plástico y cartón que le han depositado en la bandeja y, por otra, intentar comerse los espárragos de canto, como diría Gila. Al terminar, uno mira aquellos restos y le parece que se ha dado un banquete cuando, en realidad, entre lo escaso que era y lo que se ha caído en el asiento, apenas da para engañar el apetito media hora.
Después del festín, comienzan los preparativos para el descanso y es ahí cuando el viajero se da cuenta del espacio disponible. Entre disculpas y codazos, los pasajeros se acomodan como pueden, se colocan sus artilugios y se tapan convenientemente. Diez horas después, si uno se aventura a dar un paseíto por el pasillo para estirar las piernas en un intento desesperado de no fallecer víctima del síndrome de la clase turista, asistirá a un espectáculo dantesco que a mí, particularmente, me recuerda siempre a aquéllas viajas fotografías del metro de Madrid durante los bombardeos de la guerra del 36: todos apiñados, unos sobre otros, los brazos y codos de cualquier manera intentado aprovechar los huecos libres, los cuerpos retorcidos, las cabezas en posturas imposibles, las mantas deshechas, las almohadas colocadas junto a los collarines cervicales, niños llorando, madres y vecinos desesperados, restos de plásticos, auriculares desencajados, restos de equipaje dispersado por el suelo y fantasmales insomnes mirando incansablemente el monitor por el que pasan la terrorífica e interminable serie “just for laughs”, ejemplo de globalización perversa.
Después del aterrizaje, cuando la escotilla del avión se abre, por fin, para que los pasajeros desciendan, deja paso a un ejército de sombras desencajadas que tienen que aguantar las ganas de besar el suelo después de la pesadilla y se encaminan en cojeante rebaño hacia la cinta de equipajes. Pero esa es otra historia.

martes, 18 de septiembre de 2007

Regreso al Kruger. Otra colección





Capulanas

La capulana forma parte de la esencia de Mozambique. Esas telas multicolores esconden muchas historias y secretos. Para un occidental, sólo son telas, para un mozambiqueño, una tradición secular. Hay otros lugares de Africa en que se utilizan las capulanas pero de manera completamente distinta: a veces sólo como tejido para confeccionar prendas, otras como piezas para protegerse la cabeza y muchas otras como prendas auxiliares. Sólo en Mozambique constituyen un mundo de de información y de señales.

Las capulanas comenzaron a usarse en el siglo XIX y eran tejidos de algodón estampado que los mercaderes portugueses traían de Oriente hasta Mombasa. Cada lienzo se dividía en seis piezas cuadradas que, a su vez, se cortaban por la mitad a la vez que se remataba el lado más largo. De esta manera se obtenía la capulana tradicional o de “3 por dois lenços”.
Las mujeres comenzaron a envolverse en esta pieza que amarraban de manera más o menos artística y así fue cómo la capulana empezó a utilizarse como prenda de vestir. Con la generalización de su uso y su adaptación a las tradiciones africanas, la capulana terminó por convertirse, por un lado, en símbolo de riqueza y, por otro, en un avanzado instrumento cultural de comunicación.
La capulana interviene en todo tipo de relaciones sociales y es el regalo más apreciado por las mujeres. Se entregan capulanas en las pedidas de mano, en los lobolos, para cumplimentar a la suegra, a las tías, a las hermanas, a las madres… si un hombre está interesado en una mujer, el regalo de capulanas se interpreta como una señal de compromiso.
La calidad de la tela también determina el interés, relevancia y valor que la mujer representa para la persona que la regala. Los hombres han de conocer el significado de los regalos y de las capulanas porque cada una tiene uno distinto y algunos son contradictorios. Hay capulanas para la cabeza, para el cuerpo, para vestirse totalmente con ellas, de trabajo, de fiesta, para llevar a los niños, etc.
Las mujeres casadas no compran capulanas. Lo hacen sus maridos y deben hacerlo una vez al mes. De lo contrario, las cosas no van bien. Dentro del matrimonio, el marido debe conocer el significado de cada dibujo y colores, de modo que su regalo mensual contiene un mensaje para todos aquellos que vean a su mujer. Si el esposo está contento porque su matrimonio discurre felizmente, regalará capulanas alegres, ricas y floridas.
Todos sabrán que está contento con su mujer y ella lucirá la capulana con orgullo. Si fuera otro el caso, el marido entregará capulanas apagadas, oscuras o de inferior calidad. También las hay para indicar luto, preocupaciones, sucesos felices y muchas otras cosas. Hay capulanas para solteras y para casadas; modelos y tipos que solo utilizan las abuelas o las madres en actos especiales como la boda de sus hijas y otros patrones o combinaciones de colores sólo los usan las curanderas o personas sometidas a algún tratamiento espiritual. Cada tejido y cada modo de llevar la capulana indica algo al ojo experto. Si la mujer lleva sólo una pieza, es para anudarla a la cintura y servir de falda. Ello indica bajo poder adquisitivo. En cambio, una mujer pudiente tiene, al menos, juegos de dos capulanas iguales, una que utiliza como falda y la otra para mil menesteres o como simple pieza de reserva y emergencia que guarda en su bolso. La calidad del tejido también es, por descontado, otro indicador y llega a ser especialmente rico cuando se utiliza para confeccionar un traje entero. Para ello se necesitan cuatro capulanas como mínimo; una que hace de falda base, otra que se coloca en el torso; una tercera que se coloca en la cintura formando pliegues y una última en la cabeza, como tocado. Utilizando tejidos lujosos, como la seda, y colores brillantes se obtienen resultados decididamente espectaculares.

Otro de los usos básicos de la capulana es el transporte de niños. Es muy difícil en Mozambique ver un carrito de bebé; todos se llevan a la espalda y se sujetan allí con capulanas. Para hacerlo correctamente, deben usarse dos que amarren bien al niño y eviten que se le mueva la cabecita si se realiza algún movimiento brusco. A veces, estas capulanas se mueven hacia delante para permitir a la madre amamantar al niño mientras hace otras cosas.
La capulana es, como se ve, un lienzo que envuelve mucha vida en Mozambique.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Un paseo nocturno

Anoche, uno de los guardas se puso enfermo. Parecía ser algo del apéndice aunque él le quitaba importancia. Decía que le habían operado de alguna cosa por ahí y que cuando cambiaba el tiempo le dolía. La cosa se agravó con el paso de las horas de modo que, rechazada la oferta de ir al hospital, decidí llevarle a su casa para que descansase. “Es algo lejos”, dijo, y enmudeció discretamente. Resultó que, más que lejos, su casa parecía estar en otra provincia, detalle que aprecié casi inmediatamente al ver que las avenidas desaparecían y nos internábamos en un laberinto de callejuelas flanqueadas de chabolas y huertecitos que dieron paso, finalmente, a un territorio salvaje en el que no había ni trazados, ni aceras ni calles ni callejuelas, sino pistas de arena por las que mi sufrida bakkie daba tumbos deslizándose de acá para allá como un monstruo borracho mientras mi pobre pasajero enfermo se debatía en un ay y yo me hacía cruces pensando en el regreso. Cada vez que el paciente me indicaba un nuevo giro o una desviación yo me encomendaba a todos los santos para acordarme de algún detalle que me permitiera regresar vivo a la civilización. Los arrabales de Maputo son un laberinto sin iluminación y sin calles, en el que se mezclan las casitas con las chabolas, los baruchos de mala muerte con las machambas y algún coche despistado, bamboleante entre las dunas, con un enjambre de chapas desencajadas que conectan todos los barrios entre sí. En medio de aquél dédalo, sumido en la oscuridad más espantosa, el único coche conducido por un blanco era el mío. Si se me para ahora la carrinha –pensé- estoy perdido. Cuando dejé al guarda en su casa, emprendí el regreso conteniendo el aliento. Dado que no hay iluminación alguna, carecía de casi toda referencia visual, de modo que imploraba al cielo que me iluminase cada vez que me veía en un cruce. Mis oraciones debieron hacer efecto porque conseguí llegar a las avenidas del centro de Maputo sin mayores contratiempos. La distancia entre el centro y los arrabales es algo más que una cuestión geográfica.

El Capitán regresa!

Todo lo bueno acaba pero lo nuestro es seguir.
Las nuevas aventuras están a punto de comenzar...

miércoles, 1 de agosto de 2007

Intermedio

También aquí llegan las vacaciones y ha llegado mi turno. Volveré pronto y espero que con jugosas novedades y nuevas aventuras. A los que se van conmigo, muchas felicidades y a los que regresan, santa paciencia.
Enhorabuena a los premiados.

viernes, 27 de julio de 2007

Los mensajes en cadena

Hoy he recibido uno de esos mensajes en cadena que pululan por la red. Pero contiene una novedad. Las admoniciones finales, en lugar de lugares comunes, son una parodia de lo más divertida y para regocijo de los lectores que no las conozcan e indulgencia de los que sí, las transcribo a continuación.

”Enviad sencillamente este mensaje al menos a 5 millones de conocidos vuestros. Esta cadena la comenzó en 1625 un monje moldavo apasionado por la informática en una parroquia de Portugal con el fin de salvar a Teresa, una niña gravemente enferma. Hoy esta niña tiene 378 años y tiene un cáncer de testículos y una horrible fiebre de tiroides que le contagió un ciervo al violarla en el bosque cerca de un estanque contaminado por deshechos radioactivos. Además, durante un safari en África del Sur organizado por Halcón Viajes, al visitar en zoo de Johannesburgo, un panda importado del Himalaya se le comió una rodilla y una oreja.
Por eso, por favor, no rompáis esta cadena, hacedlo por ella. Sois su única esperanza de cura, y además os traerá suerte. Como le ocurrió a un joven irlandés que, en 1912, envió este mensaje por SMS. Esa misma semana vio cómo le ofrecían un billete gratis para un crucero inaugural en un fantástico trasatlántico británico, el Titanic. Durante ese viaje descubrió los escalofríos del amor y las ventajas de la natación.
No conservéis este mensaje en vuestro ordenador más de 16 minutos, si no la maldición se cebará con vosotros hasta que lluevan billetes de las antiguas pesetas.
Da que pensar, ¿no? Así que no dudéis más. Enviad este mensaje a todos vuestros amigos. Les traerá suerte, de por vida. Cada vez que vayan al lavabo, aún habrá papel. Cada vez que vayan al banco no tendrán que hacer cola. Cada vez que necesiten aparcar hallarán una
plaza libre. Cada vez que cante Bisbal en la radio les llamaran al teléfono. Y además o tendrán que responder a ninguno de esos mensajes en cadena que a todos nos fastidian.
Este mensaje ya ha hecho 759 874 236 587 veces la vuelta al mundo. Por Teresa, por vosotros, por mi, por todos vuestros amigos, no rompáis esta cadena. Gracias.”

lunes, 23 de julio de 2007

Gente

Canal Internacional

Después de ímprobos esfuerzos, cuyo detalle ahorraré a los amables lectores, he conseguido que me instalen la televisión por cable. Y me pasa lo que a aquél crítico de teatro inglés cuya reseña del estreno sólo contenía la frase: “Ayer se estrenó la obra tal en el teatro tal. ¿Porqué?”. Pues lo mismo; después de tanto trabajo en pro de la caja mágica, me digo: “ah… ¿pero era esto?”. La mayor parte de los canales de mi proveedor por cable son de países exóticos como Brasil, Uganda o Guinea, otros del Magreb, portugueses o –cielo santo- mozambiqueños, con un contenido generoso en telenovelas, anuncios casposillos e incomprensibles noticias locales.

Pero lo que más echaba de menos y, en realidad, motivo esencial de mis demandas, era poder escuchar las noticias en español y aquí sí que la decepción ha alcanzado límites augustos. TVE internacional es, con perdón, una filfa de proporciones regulares. Mientras que en la televisión francesa, por ejemplo, se retransmite el Tour, en la española se emite un interesantísimo reportaje de tres horas de duración sobre la reproducción del somormujo enano en el Bajo Aragón o sobre las cien maneras de manejar airosamente la garlopa. Las series que ponen son de hace una década, por lo menos y escogidas cuidadosamente entre lo más rancio del repertorio. Puedes dedicarte al cotilleo más descarnado jugando a analizar el modo de envejecer de los actores que allí aparecen y comprobar a quienes el tiempo ha ido haciendo –como a todos- las típicas jugarretas. Comienza uno a ver la TVEI y, misteriosamente, se empiezan a echar de menos el Un, Dos, Tres, los Chiripitifláuticos y Luis Aguilé. Da miedo pensar en que buena parte de los que aparecen en esos programas descansan en paz.

Total, que así todo. Se salvan los telediarios -y digo salvan por decir algo- dado que, al menos, tienen una cierta conexión con la realidad nacional aunque temo que cada vez más peculiar. En fin, que de los Suspiros de España, el No-Do y El Emigrante de los años heroicos de la emigración, hemos pasado a la cocina de ése showman internacional conocido como Arguiñano y a los reportajes eternos sobre el agreste paisaje de Almuradiel, todo lo cual resulta, ya se supone, de inmenso interés para los sufridos expatriados.

Así que, en general, la única alternativa son los canales internacionales de noticias y –oh sorpresa!- el Canal Real Madrid, algo que yo ignoraba que existía pero que tiene, al menos, un cierto aire festivo y patriótico alrededor del cual suele concentrarse la comunidad española en general y madrileña en particular por aquello de apurar afinidades.

En eso andamos.

miércoles, 18 de julio de 2007

PM y PE

Ahora que ya ha pasado algún tiempo desde que llegué a Mozambique, he aprendido –muy modestamente- a apreciar las diferencias entre el portugués europeo (PE) y el mozambiqueño (PM). Aparte de los evidentes rasgos propios de entonación y musicalidad, el mozambiqueño posee frases, giros y usos lingüísticos notablemente diferentes del idioma continental. Uno, que hace esfuerzos por defenderse en el portugués clásico, se encuentra de golpe con que a veces los locales no le entienden y –además- le miran raro. Una vez exhibía yo mi portugués alfacinha ante un vendedor callejero que, impertérrito, me respondía en inglés. “Pero si le estoy hablando en portugués –le dije-, ¿por qué me responde en inglés?”. Me respondió que todo lo que no fuera mozambiqueño le sonaba a inglés y se quedó tan pancho. Me consta que esto lo hacen incluso con portugueses de pura cepa.
El caso es que hube de modificar y aprender muchos giros que aquí son completamente distintos del portugués y que, al principio, uno no sabe si es que le toman el pelo o que no ha entendido bien. La cortesía, por ejemplo, tiene sus propias fórmulas: Cuando uno pregunta “¿qué tal está Vd.?” que no espere oír: “bien ¿y Vd.?” sino “não sei por aí” o sea, “no sé ahí” que se utiliza de manera absolutamente formal y como señal de respeto con la intención de que quien pregunta responda primero cómo se encuentra él mismo; cuando éste dice: “estoy bien”, es cuando el primer interpelado ya responde: “yo también estoy bien”. Al despedirse es usual decir “estamos juntos” que es como “estamos en contacto”. En materia de léxico, la cosa se complica porque se utilizan palabras propias junto con otras de procedencia indígena o de quién sabe dónde; así, por ejemplo, del swahili viene la machamba que quiere decir campo; babalaza(resaca) del zulú, o madala (persona importante) del changana.
Con todo, una de las mayores dificultades para un europeo consiste en conocer las fórmulas convencionales de asentimiento o disensión. A los mozambiqueños no les gusta decir no, de modo que parecen haber creado un extenso catálogo de alternativas de amplísimo espectro que, para quien está acostumbrado al sí o al no, resulta intrigante sobre todo porque cada una de ellas parece contener un cierto matiz en pro de una u otra solución. Entre el sí y el no hay, por tanto, un amplísimo campo que es preciso conocer aproximadamente si uno quiere hacerse una idea verosímil de –por ejemplo- cuando le van a solucionar lo suyo. Propongo la siguiente escala (junto con su traducción ideológica) a modo aproximativo:

NO

Não da (no hay nada que hacer)

Não tem pernas para caminhar (se puede y se debe hacer, pero faltan elementos esenciales)

Estamos a criar condições (estoy esperando a que llegue el momento oportuno)

Pode ser (es verosímil)

Hei de ver (lo haré)

Me vou a ocupar de isso (yo me encargo)

Ainda (lo estoy haciendo)

Está a andar (ya está en marcha)

Está a sair (está a punto)

SI

Como se ve, excepto en los estadios más próximos al no –que por otra parte son excepcionales- las respuesta son siempre lo suficientemente esperanzadoras aunque, lamentablemente, suelen repiten en un bucle infernal que nunca acaba y, a veces, con desesperantes combinaciones múltiples pues del ainda (que nunca se sabe si es ainda sí o ainda não) se pasa al está a sair y de aquí se vuelve al me vou a ocupar de isso y así sucesivamente. Si el programa de festejos se dilata por más de dos meses es que la cosa se pone fea, pese a lo cual nadie dirá: “nada, que no va a poder ser”. Por otra lado, nadie dirá a casi nada, con lo que la sensación general es que nos encontramos ante el vetusto y entrañable vuelva Vd. mañana de tanta raigambre española.

miércoles, 11 de julio de 2007

En el corazón de las tinieblas

La verdad es que Conrad ambientó su impresionante novela en el Congo, pero la situación actual de Zimbabwe, antigua Rhodesia, contiene algunos de los peores aspectos de las tinieblas allí descritas. De ser uno de los países más ricos del continente en los años 60, con una renta per cápita equiparable a la de Sudáfrica, ha pasado a ser de los más deprimidos del mundo, con una renta de apenas 520 dólares, con una inflación galopante, una fuga masiva de empresas hacia el extranjero y un paro mayor del 60% que ha sumido al país en un caos social y político de proporciones mayúsculas . El dólar zimbabwano, en otro tiempo equiparado al estadounidense, vale hoy algo menos que nada. Cerca de la frontera, cambiamos 2.000 meticales (unos 70 euros) y nos dieron la friolera de 3 millones y medio de dólares en un paquete que hubo que distribuir cuidadosamente entre los distintos bolsillos para evitar desequilibrios. Los billetes, por otro lado, tienen fecha de caducidad impresa dado que la inflación es, oficialmente, del 180% anual aunque es evidente que la realidad supera estas cifras porque los precios suben cada semana de manera vertiginosa.
Desde Chimoio salimos para la frontera que está a unos 80Km. de allí. Por el camino paramos en la ciudad de Manica, una pequeña y simpática localidad con una vieja iglesia portuguesa situada en una de sus colinas. Antes de llegar a la frontera, paramos para cambiar moneda a uno de los cientos de cambistas que proliferan a lo largo de la carretera y que se anuncian agitando fajos de billetes a los coches que pasan.
En la misma frontera, junto a los fardos de ayuda humanitaria, asistí al espectáculo del traslado de deportados. Cientos de zimbabwanos cruzan ilegalmente la frontera cada día con el objeto de trabajar en Mozambique. Los que son atrapados por la policía so
n conducidos en camiones de regreso a su país. La frontera, por lo demás, no registra mucho movimiento así que el trámite fue rápido una vez que pagué la desproporcionada cantidad de 30 dólares que piden por el visado. Se trata, según parece, de exprimir todo lo posible al extranjero lo que, muy hábilmente, ha acabado con el turismo.

Desde la frontera fuimos a la ciudad de Mutare, una antigua localidad industrial que presenta ahora un espectáculo de abandono y parálisis económica patente. En comparación con las ciudades de Mozambique, Mutare tiene la estructura típica de las ciudades coloniales británicas con amplias avenidas, un centro comercial y el resto dedicado a las zonas residenciales. La vida parece tranquila y aprovechamos la ocasión para entrar en algún supermercado y ver el ambiente. No estaban mal surtidos aunque había pocos clientes. Yo compré un poco de té nacional, asombrosamente barato.
Desde Mutare subimos hacia Bvumba, una región m
ontañosa que domina la llanura que separa Zimbabwe de Mozambique, con vistas espectaculares y algunos restos del pasado esplendor del imperio británico. Nuestra intención era visitar el hotel Leopard Rock, un viejo establecimiento inaugurado en los primeros años del siglo pasado por el rey inglés en medio de un increíble campo de golf dominado por las montañas. Todo el conjunto está situado a más de mil metros de altura. El hotel conserva el sabor de los viejos emporios coloniales y ha sido ampliado y remozado hace algunos años para dotarlo de mayor espacio y comodidades. Sin embargo, su enloquecida política de precios, una para los nacionales y otra –diez veces más cara- para los extranjeros, ha terminado por dejarlo casi completamente vacío. Es una pena porque se trata de un lugar extraordinario con vistas magníficas. Pasamos un buen rato allí, comimos un magnífico guiso de oxtail y conocimos los alredores.

De regreso, compramos algunos recuerdos a las vendedoras que tenían sus puestos situados en las cunetas. La mayoría vende tejidos bordados, manteles, servilletas y cosas semejantes. Son piezas multicolores muy decorativas que se pueden conseguir por precios bajísimos dado que son las propias vendedoras las que, ante el silencio del cliente o su cara de extrañeza, comienzan a rebajar de inmediato sus primeras peticiones. Me sorprendió su simpatía desbordante y su sentido del humor. Mi colega regateaba con ellas de manera salvaje mientras que todas sonreían y se hacían la competencia unas a otras para conseguir el negocio. Si no les comprábamos algo, se volvían a sus puestos igual de sonrientes y se despedían saludando alegremente.

La otra cosa que se puede comprar en Zimbabwe son esculturas de piedra. En Mutare hay aceras enteras llenas de todo tipo de figuras y motivos esculpidos en piedra de jabón, un mineral relativamente blando de la familia del talco. Los precios admiten drásticos regateos y pueden conseguirse piezas muy interesantes casi regaladas. El problema es que las esculturas pesan mucho, lo que limita las oportunidades de compra.

Tras el día en Leopard Rock, bajamos de nuevo hasta Mutare y regresamos a Chimoio. Al cruzar por Manica, la iglesia se destacaba majestuosamente contra la puesta de sol de la sabana.

martes, 10 de julio de 2007

Xefina

Hacía algún tiempo que no emprendía ninguna aventura -dentro de las modestas ambiciones de quien esto escribe, se entiende- así que decidí acometer la exploración de la isla de Xefina, un enclave completamente virgen situado en la bahía de Maputo, frente a la Costa do Sol. La isla fue un enclave militar en tiempos coloniales y ahora, todo aquello en ruinas, sólo recibe la visita de familias de pescadores que han instalado algunas barracas de paja para la explotación de su pequeña industria.La visita ya iba siendo urgente porque Xefina es el objeto de un proyecto urbanístico que coincidirá con el mundial de fútbol de 2010 en Sudáfrica, evento que Mozambique pretende aprovechar como sea para su desarrollo turístico y que, en lo que toca a nuestra islita, consistirá en la construcción de 850 casas entre villas, chalets y cabañas, un hotel de cinco estrellas, una pista de aterrizaje de helicópteros y un centro de buceo, entre otras cosas. Además, Xefina contará con parkings, garajes, estaciones de servicio para embarcaciones de recreo y otras menudencias. Para redondear, se prevé la construcción de un puente que unirá la isla con la costa. En una palabra, la repanocha.
El proyecto, como se puede deducir, acabará con Xefina tal y como es hoy: una isla virgen, sin habitantes permanentes, en medio de la bahía, completamente rodeada por la belleza espectacular de sus playas solitarias de aguas transparentes. Los ecologistas comienzan a denunciar el proyecto por su enorme impacto ambiental y en ése conflicto estamos.
Antes de que la cosa progresara, decidí, pues, visitar la islita y disfrutar de sus poco más de seis kilómetros cuadrados pasando el día allí.
El primer problema, claro, era el del transporte.
La verdad es que, con la marea baja, casi se puede ir andando desde la Costa do Sol, pero no resulta muy conveniente, especialmente si la marea alta te sorprende a medio camino. Como no hay ningún tipo de línea regular, la única manera es hablar con algún pescador y arreglar el traslado. Me acerqué a la zona de fondeo de los dhows de pesca de la Costa do Sol. Como no hay puerto, las pequeñas embarcaciones no amarran sino que quedan varadas en la arena o fondeadas en cualquier parte llenando la playa con sus palos de bambú y cascos de diseño multicolor. Los precios que uno puede conseguir para viajar hasta Xefina varían en función de la paciencia que se tenga, el tipo de barco, el nivel de agua que admita antes de hundirse y la fuerza del barquero. Yo, que en esto no soy nada exigente, elegí lo más barato, o sea, un barquinho minúsculo sin motor, a vela, sin remos, con un timón que carecía de encaje en la borda y que se caía de puro viejo pero que presentaba unos colores con la bandera de España que, en caso de naufragio, harían un buen papel como pecio patriótico. Todo por seis euros de nada, ida y vuelta, incluido el tiempo de espera del barquero.
Los preparativos del viaje no fueron nada halagüeños; el patrón largó la vela y colocó los aditamentos en su sitio tras lo cual, se dedicó durante un cuarto de hora a achicar el agua que había entrado en la embarcación con un bidón de plástico recortado al efecto, lo que no me dió ninguna buena impresión respecto al calafateado. Luego comprobé que, en efecto, simplemente no existía. El viaje se prometía movido debido al hecho circunstancial de que, aprovechando la salida, se me colocaron de boleia (de gorra) una pareja de lugareños que iban para Xefina a pescar y que aumentaron el peso muerto del navío hasta el punto de que el agua llegaba casi hasta la borda.
La singladura fue digna de la balsa de la medusa. El viento brilló por su ausencia, de modo que el pobre barquero tuvo que agarrar una pértiga y hacer de batelero, empujando la embarcación como un gondolero algo morenito. A paso de tortuga, llegamos hasta la mitad del trayecto donde la marea alta no permitía que la pértiga llegara al fondo, de modo que tuvo que utilizarla como si fuera un remo. Pero no era, así que daba muy poco impulso. El mínimo
viento que a la sazón soplaba se paró del todo como por ensalmo, de manera que estuvimos en medio de la bahía más de media hora hasta que el pobre gondolero logró acercar el dhow a la isla a fuerza de brazos y volvió a tocar el fondo con la pértiga.
Durante el trayecto, la pareja de gorrones se dedicó a parlotear en changana y a beberse dos litros de leche a granel que habían comprado en la Costa do Sol. Utilizaron al efecto, a guisa de taza, el bidón de achique, lo que supongo que daría al brebaje un saborcillo peculiar.
Al pisar tierra firme descubrí una preciosa playa inmaculada.
Guiado por mis compañeros de pasaje, me encaminé hacia el sur de la isla donde está situada una pequeña cabaña donde hacen guardia durante el día media docena de soldados. Desde allí, sale un camino medio cegado por la vegetación que conduce hasta las viejas instalaciones del antiguo fuerte colonial de Xefina, antiguo cuartel y prisión política y hoy completamente en ruinas y cubierto por la maleza circundante. Los edificios están en pie, aunque sin tejado, y la selva ha ocultado casi por completo los patios y las calles interiores que los unían lo que presenta un serio compromiso de seguridad dado que -según me habían advertido- la isla tiene habitantes poco recomendables, como cobras y mambas. Con infinita precaución atravesé las viejas instalaciones y, con todo, me tropecé con una serpiente de color pardo de un metro y medio aproximado de longitud que cruzó a toda velocidad por delante de mí dejándome el corazón en la mismísima boca. Pasado el peligro, llegué al otro extremo de la isla, al mar abierto, cara al Índico en todo su esplendor. La playa es allí soberbia y ofrece un asombroso espectáculo: los viejos búnkers de la artillería de costa del cuartel que aún están allí, pero el mar ha socavado los cimientos de las antiguas construcciones y hoy aparecen movidas y desequilibradas como barcos varados en la arena. Semejan las ruinas de otro mundo, los restos del extraño naufragio de una civilización oceánica.
Desde los restos del cuartel, recorrí la playa hasta la punta norte de la isla sin encontrar a nadie y luego regresé, a lo largo de la playa orientada hacia la bahía, bordeada de manglares, hasta el lugar donde me aguardaba mi dhow. Tampoco la vuelta transcurrió según lo planeado. En el lado positivo he de decir que el patrón consiguió la ayuda de otros pescadores que regresaban con nosotros y que amablemente se ofrecieron a largar un cabo y remolcarnos, ya que ellos sí tenían motor. Esto nos ahorró mucho tiempo. Pero, en el lado negativo, resultó que estábamos en marea baja y, por tanto, ello supuso que el barquito se quedara a un kilómetro de la costa, distancia que tuve que recorrer a pie con las zapatillas en la mano y los pantalones remangados, rezando para no caerme al agua con todo el equipo, principalmente el fotográfico.